INICIO.I
JOU GORDI.
(Abril y mayo 2007)
Al despertarse no pasaba nada. Tosía como si fuera a morir, tosía y se despertaba, volvía a dormir, los ojos le lloraban en medio de los ataques repentinos, a veces gritaba, otras maldecía en susurros con los dientes apretados. Sentado en la cama, desnudo, tomó la decisión. Acarició suavemente sus testículos, y el deseo se hizo realidad. Sucedió tres veces más esa noche. El amanecer se alargó, la tos lo desveló otra vez, la temperatura aumentó, retiró sus cobijas y esperó a la mañana envuelto en sus brazos, sumido en sus propios pensamientos, con tristeza de no dormir, pero esta vez habló con el genio, -dijo que no debía desperdiciar los deseos, que ahora lo pensará, ya era viejo-. Se acostó sobre el cubrelecho de la cama envuelto con un saquito viejo, unas medias rotas, y un pantalón de dril color gris. Esa noche no sucedió nada. Lo esperó con ansiedad, con ganas de caminar, de levantarse sobre ese piso húmedo, frío, enfermizo; se estiró sobre ese lecho que chirrió al instante. No tosía, no colocaba una sola arrogancia en su garganta, no parecía importarle semejante estupidez. Sin embargo, también al instante, sabía que tosería; cierta electricidad en el aire actuaba como el detonante para el siguiente ataque. Despertó inmerso en el sueño como si fuera una película, ni siquiera un reallity porque están igual libretiados. Estaba viejo, ya se sentía cansado, agobiado por la idea de pertenecer a un lugar con más ancianos que sabían que iban a llegar precisamente a ese lugar. Se fijó bien en la claridad de la calle, y no había. El primer estertor fue dramático, imposible de predecir, casi con más sonido de vomitar, incluso con más asco. Las lágrimas no se hicieron esperar, y rodaron por las mejillas del pobre viejo. Viejo hijueputa. Eran las tres, eran las cuatro, quizás no había hora, de pronto era más temprano. Amanecer y el dolor en las costillas de tanto toser le recordaba lo maldito de la vejez, allende de la tranquilidad o del descanso prometido durante muchos años de publicidad, nada era totalmente nada. Sólo tenía que tocarse las güevas y listo, aparecía el más bello genio, el más lindo de todos los maricas que tienen que aparecer; y el viejo se ponía a soñar en él… en esa piel tan blanca, tan suave, tan gorda cerca de la pelvis. Una vez más el genio se sentó a su lado, y le repetía, como sólo los genios pueden repetir — los muertos no se pueden revivir, los muertos no—. Ya se había dado cuenta que esa mañana no despertaría, que nunca jamás volvería a ver al genio, y que la tos por fin cesó.-