“My girl so lovely
Here comes your only love.
My boy so lovely
Here comes your only love…” Glass Candy (Beatific).
Al comienzo llegué a creer que se trataba de un barbatruco o de una mentira trabajada. Guardar semejante idea me volvió mierda semanas más tarde, y esa conversión en mierda no se terminó tan pronto. Hice el ridículo, desperdicie mi dinero, que no era mucho, ahora no hay nada, en fin, todo se convirtió en un mar de lágrimas que me presentaba a los recuerdos más… como decirlo, sin sonar tan marica…en fin, recuerdos maricas de un hombre que ahora sí se sentía solitario, golpeado, ofendido, humillado, o sea todas las putas mierdas que no deben pasarle a nadie mayor de treinta años, ni menor. Considero ahora que es un proceso que debe llevarse en la adolescencia para evitar tremendos culebronones ante la sociedad, ante los amigos, ya que al pasar por esto, no sólo se expone a extraños como testigos, sino que los amigos, o los allegados son los más envainados en estas circunstancias, pues en primera instancia la ayuda llega de todos lados, todos saben dar consejo, todos saben bien hablar, sin embargo, el mar de lágrimas mama a cualquiera, incluso a las propias mujeres, y más si el llanto es de un jayán de treinta y pico, y como siempre, estas lloradas pasan de “que ternura a que coma mierda este hijueputa tan bobo” Es sólo cuestión de tiempo para darse cuenta que no vale la pena extenderse demasiado, estos monólogos de la tristeza son buenos para todos y son malos para todos, es decir, hay que saber medirse. Uno puede estar triste pero no tiene que llorar todo el tiempo, o cuando el querido alcohol surta su efecto, no, no es necesario, se puede estar triste mientras se ríe, recuerden, y esto suena súper trillado, “la procesión va por dentro”, no hay que joder a los demás, que nadie se entere de mis cagadas, o que se enteren pero no de todo el chisme. Yo me equivoqué, y esta reflexión no es más que el resultado del auto análisis pasada la tormenta pública.
El problema no es que mi ex tenga pareja, o mejor dicho sí, y más cuando pasa a la semana de haber terminado, y más cuando sigue llamando para pasar a la casa para tomar “cafecito”, para desayunar, almorzar, como si nada hubiera pasado, como si su celular apagado pasará inadvertido. El problema radica en lo que uno se puede imaginar basándose en la maldita esperanza abrigada en una sospecha que le falta peso para ser una evidencia. Estos pequeños detalles, son los que surgen después de un análisis posterior al encuentro, o a la visita; sucede que al querer ser natural, se cae en algo llamado, la sobreactuación. Si uno, como individuo está tranquilo ¿por qué da a entender que se está tranquilo? Cómo si aquí no pasara nada. En ese instante no se percata de nada, aunque a veces ese sexto sentido, esa vieja intuición del gato encerrado nos dice que ojo al bolsillo en el pasillo. Sin extenderse en el tema, porque los ejemplos sobran, son los detalles más evidentes los que ponen de manifiesto nuestras sensaciones, y tampoco se trata de juzgar a diestra y siniestra, esto, por favor, señoras y señores, no es un juicio, a nadie se le está imputando algún delito, es comportamiento psicológico, el manejo de la mente para afrontar cierta situación. ¿Cómo actúa alguien desesperado, triste, furioso, excitado? En fin… Como sólo se pueda actuar en ese momento… Imagínese usted en la posición de rogar. Nunca se planea nada, tal vez el diálogo y algunas palabrillas sueltas, sin embargo, el show es muy, pero muy bueno. Casi perfecto, todo un plan que no tenía mayor plan. Esto lo comento para dejar claro, que el actuar estúpido no depende siempre del más demostrativo sentimentalmente hablando. Para dejar claro que el más seguro en esta situación es el más asustado. Aunque lo del celular apagado ya tiene algo de certeza. Aquel aparato que nunca se apagaba, ni siquiera se descargaba, ahora vive apagado durante la visita o el encuentro. Y ni se atreva a preguntar, porque si era café caliente; cúbrase la carita. Mejor sonría. Sí, con esa misma cara de aquí tampoco pasa nada. Sucede que uno cree lo que quiere creer, y más si la esperanza lo vuelve a uno un güevon de puta mierda, “¿serán calambres?” me preguntaba.
Todas las llamadas que se efectúan entre ex, son de lo más amable, claro, cuando se llega a ese acuerdo para tener paz, para dejar el acoso, para no más con “…no me dejes por favor, te lo suplico…” en fin, y eso no es cuestión de sólo las mujeres, también los hombres somos terapias para estas cosas. No creo que deba especificar que las llamadas deben ser amables al poco tiempo de mandar todo para la puta mierda, y son amables por varias razones; la madurez, la cordura, la locura, un plan maquiavélico, no tener plan, tener pareja de despecho, o como dirían por ahí, de puro desparche. Aunque semejante respuesta es la peor de todas, ya que no es respuesta, ya que al fondo de la misma aparece en letras grandes, brillantes como el neón, la palabrita SEXO. Sí, de eso se trata, de la atracción física entre una despechada, y un aprovechado, o viceversa. Lo más gracioso, es que empieza otra relación. ¿Terminamos para cuadrarnos con otro, o con otra? No tiene sentido. Y carece de este, porque el duelo a la separación ni siquiera ha terminado, es más ni siquiera ha empezado, de ahí surgen, con esa forma maravillosa las “confusiones” Por eso comentaba al inicio, lo de volverme mierda, ese volverse mierda es el hijueputa duelo.
Ese duelo, como todos los duelos, duele en el alma, suena redundante, pero ¿cómo explicarlo en una sola palabra? Y se convierte en canciones tristes una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… Son lágrimas a cualquier hora del día, y de la noche, todos los días y todas las noches. Es salir a caminar con esa tristeza entre pecho y espalda, es como tenerla metida en el culo, en el estómago, en los ojos, en todo el cuerpo, en todos los recuerdos, en toda una existencia eterna. Es querer no estar en ninguna parte, es la intranquilidad a flor de piel, es observar el vacío fijamente… Se trata de preparar discursos que lo puedan decir todo, todo lo que se pueda decir en un solo discurso, se trata de darse ánimo y perderlo al instante, como si con maldecir todo se arreglara. “¿Cómo consolar a la rosa y al jazmín?, ¿cómo?, si tu risa ya no se oye en el jardín, ¿cómo he de mentirles que mañana volverás?, ¿cómo despertar si tú no estás?” La gran pregunta es, de que manera obtener la paz interior. Es complicado, y no por no obtenerla, sino lo complicado es saber que para verdades el tiempo, es decir, es un largo camino, que no finaliza con el cese de la tristeza, que no acaba cuando acaba el llanto, que no acaba cuando tiene que acabar. Esa puta tristeza dura mucho, dura menos que eternamente en el interior, donde nadie ve, donde nadie. Y se comprobó en el cine; ni siquiera con esa máquina que borra los recuerdos específicos, porque en el fondo, bien en el fondo todo se recuerda, sólo es cuestión de tiempo. Paradójicamente, el tiempo todo lo cura, o todo lo enferma, teniendo en cuenta que el señor tiempo no es ningún doctor, por eso nunca se cura nada, por eso recordamos con tanta precisión las cosas que más queremos olvidar. Y la premisa no es borrar todo los recuerdos, el truco simplemente esta en esquivarlos por un rato, para engañar a la mente. De amor nadie se muere. ¿De amor nadie se muere? Claro que sí se muere hijueputas, o acaso no han oído hablar de la muerte por pena moral. La muerte, no es dejar de respirar, no amigos, la muerte es olvidarse de la vida, de la vida tan malparida que nos toca, de los gustos tan empaladores que tenemos por la música, y el cine en estas circunstancias, ¿cuál es el video de estar con el kleenex en la mano, o sin kleenex? “Everybody´s gonna learn sometimes…”
Manejar el duelo con sobriedad es aterrador para la contraparte, para la persona que efectúa llamadas silenciosas y/o angustiosas (a cualquier hora del día, sobretodo en la madrugada) llenas de preguntas que nadie quiere contestar a un extraño, porque en eso nos transformamos; en un extraño, en otro que ya no deseamos, que ya no queremos, y que ya no deseamos, en otro que ya no amamos. Es aterrador para la contraparte, para la persona que ama las visitas sorpresas, las visitas al otro, tal vez ebrio, o tal vez demasiado ebrio, en fin. Comportarse adecuadamente es la finalidad de todos, lograrlo es el cielo, o el infierno, no lograrlo es entregarse a las condiciones de aquel que espía desde lejos la casa del otro, o el que se mete a la mierda de facebook para conocer los nuevos amigos, amigas, para tener sospechas de todo ángulo, para sumirse en novelas desesperadas, para enriquecer a las grandes empresas de telefonía celular por el agite de marcar a cada momento, por todos los sms que se envían igual de desesperados. Lo que uno no se imagina es que esto también enriquece las anécdotas graciosas del que recibe tanta información, y por supuesto al grupo de amigos que se cagan de la risa por las güevonadas del otro. Ni siquiera en la urbanidad de Carroña aparece como mantenerse con la dignidad enterita. Lo positivo, es que la dignidad es la hermanita mayor del ave Fénix. Cuando se recupera, se recupera todo, incluso la prevención. De ahí nacen las famosísimas frases: “todos son iguales, y todas son unas perras hijueputas, menos mí querida madre”. Por eso, retomando, considero que es un proceso que debe llevarse en la adolescencia. Madurez es la clave. Fuerza interior es la clave. Nada de venganzas es la clave. Nada de nada es la clave para manejar el duelo en un inmenso silencio, y con la dignidad enterita, con la frente en alto. Ha nacido en mí un profundo silencio, debe ser la frase que se debe repetir la contraparte. Esta debe ser la consigna para no dejarse doblegar por la indiferencia del otro, o para evitar que el otro se sienta ganador en una guerra sin ganador, o donde el que gana también pierde.
El otro sólo espera ser lo más directo posible con el manejo del duelo de la contraparte. Entonces (y se trata de un ejemplo), cuando recibe las llamadas, no las contestará en la primera oportunidad, ya que sabe lo que le corre pierna arriba, de este modo, la contraparte se ve obligada a insistir como si fuera un asunto de vida o muerte, se tiene que mostrar desposeído, un desplazado del amor, de la lujuria, un desplazado de otro mundo que antes era un solo universo. Aparecen los saludos secos como la mierda de caballo después de unos días al sol; “¿qué quiere, qué necesita?…” “ya empezó a joder este man, o, nena ¿usted no tiene nada qué hacer?” Recuerden, como si fuera un extraño. El otro, el que recibe las llamadas y las visitas se siente seguro porque cambia el tú por el usted, y ese usted, implica acciones que no son de respeto, sino preventivas, se utiliza para alejar, para ofender, para subestimar a la contraparte, para hacerle entender que vale mierda, que ese dolor es alegría, que esas noches eternas son placenteros sueños, que esas lágrimas son carcajadas. Entienden el porque del cielo o del infierno en el manejo de este duelo. Finalmente contestará por el morbo, y la curiosidad o simplemente para gritar ¡coma mierda gran hijueputa! En ese momento pueden pasar dos cosas. Una, que se acabe la humillación y se suscite una rabia ingente, y otra, que la contraparte se ponga más loca. El otro, al comprender que la solución inmediata es huir a la casa de los amigos, o conocidos, que la solución es apagar el celular para evitar todo el show nostálgico de la contraparte, o más loco todavía, cambiar de número, sí, sin huellas, sin dolor, sin pensarlo tanto, de una, como toda decisión de ahora en adelante.
La contraparte finalmente se dará cuenta que entre más lágrimas se derramen, más rápido espanta al otro. No se trata de hablar nunca más, no se trata de olvidarse de los rostros, por lo menos no inmediatamente. No hay quien le pueda decir a otra persona como comportarse cuando sólo cada uno sabe lo que siente en su universo interior, inherente a ese cúmulo de recuerdos que ahora si empiezan a aflorar con mayor frecuencia. La contraparte entenderá que la solución hace parte de la crisis en la cual se encuentra sumergido, pero a manera de ejemplo, es como decir que nos ahogamos en un pequeño charco, tan pequeño que sólo abarca boca y nariz, y para poder acabar con esa sensación sólo basta con dar media vuelta a nuestra cabeza, y listo, el aire retorna a nuestros pulmones. Escribirlo es fácil, lo complicado es darle fuerza a esta idea para que triunfe, para que se lleve a cabo en un lapso de tiempo propicio y coherente, donde la aceptación de la soledad sea un ejercicio mental de cada minuto, de cada hora, de cada día, de cada semana, de cada mes, de cada año, hasta que finalmente ya no se despierte con esa idea en la cabeza de otro día sin fulana o zutano, hasta que la tristeza se habitué a los suspiros más silenciosos y solitarios, hasta que la tristeza se mate de la pena moral por estar tan ignorada en un cuerpo que ya no responde a ningún estímulo de desesperación. La contraparte comprenderá con mucho dolor y demasiada resignación que es lo mejor para que las cosas sigan el curso natural de las mismas; el abandono. La contraparte finalmente cederá ante su propia presión. Y se dará cuenta de que mientras desperdició el tiempo llorando como niña, el otro ganaba terreno en esta lucha por quien olvida más rápido. Es así, como se construye un futuro sin el uno y sin el otro, es así, como prevalecerán los días desde ese momento hasta Dios sabe cuando. Es así, como se pasa de la desesperación, y de la locuacidad acosadora a un estado de impertérrito silencio, a un estado de semi conciencia por las pocas horas de sueño, a un estado de entrega total para dejar de joder al otro, para dejarlo con su vida en paz, para que pueda comenzar de nuevo, para que se enamore otra vez. La contraparte por fin está dejando de ser la contraparte, afortunada o desafortunadamente porque el otro ya no existe. Porque el otro, se dejó de existir.
¿Qué es más videoso? ¿Tratar de olvidar a la fuerza, o tratar de tratar para olvidar? Lo que es videoso, es saber que todo se acabó, hasta la fuerza para suplicar se devuelve al culo, y cada una de las palabras que no se mencionaron quedarán como aquellas palabras que eran la salvación de todo. Mierda. Esas palabras no tenían que ser pronunciadas, esas palabras eran mierda. Esas palabras sonarían a pura y física mierda. Ahora que todo esta resuelto, ¿qué falta? Pues, casi ni mierda, sólo basta con adaptarse a la soledad, y a la tristeza, convivir con ellas, despertar con ellas, dormir con ellas, bañarse con ellas, caminar con ellas, tratar de pensar que todo será mejor algún día, tratar de pensar que todo será mejor. Ahora que todo está resuelto, ¿qué falta? Pues, casi ni mierda, sólo basta adaptarse a la indiferencia de tan atrevida y resuelta despedida, adaptarse al “adiós, no más” tan respetuoso que no queda más remedio que el asentir suavemente con la cabeza, saber con seguridad que “ya perdí” No queda parte fácil de ahora en adelante, todo dependerá de cada día, todo dependerá de todo, siempre y cuando no le dé por la de recordar como viejitos mirando el álbum de las fotos, y en cada hoja, derramar, una suave y gay lágrima, dando la impresión que la tristeza es para siempre. Esa mierda se acaba, por ahora, pero se acaba, no puede durar tanto, el cuerpo no la aguanta, no se permite semejante lujo. O ¿si se lo permite? En verdad no lo sé. En verdad no quiero saberlo. La contraparte se queda paralizada pensando que no debe pensar, sabiendo de antemano que el mejor remedio para ese mal de no dormir es pensar hasta que se canse, hasta que le sepa a mierda, a más mierda. ¿Cómo dejar de perderse en cada pensamiento que conduzca al otro? ¿Cómo hacer para dejar de suspirar como quinceañera? ¿Cómo hacer para dejar de suspirar recuerdos que se llaman nostalgias? En verdad no lo sé, y en verdad que no quisiera saberlo. Todos los días son iguales, todas las noches son iguales; ya no tienen sentido, ya no son alegres, ya no son como antes. Están cargados de zozobra, de esa pequeña desesperación, de la desazón de no encontrarse a gusto en la condena del exiliado, del que está afuera de otros planes, el que ya no importa, el que caminando trata de reponer sus fuerzas, pero esas fuerzas son para tirarse en la cama, y contemplar el techo como un imbécil. “No importa tu ausencia, te sigo esperando”. Cuando el olvido, o esta parte que tanto fue esperada, empieza, es crucial para ambas partes, y cada una lo vivirá a su manera, como mejor le convenga. Cada uno olvidará como sabe olvidar.
“Y ahora me arrepiento, de no haber sabido aprovechar el momento, y siento, haber oído mi voz diciendo que no importa nada, que son cosas de la vida, que algún día lo olvidaríamos los dos, me odio cuando miento”.
Abandonados y relegados, nos entregamos a las horas de reflexión, sin preparar discursos, ya sabemos que no son de utilidad todo el tiempo. Empezamos a razonar por lo que acabamos de pasar, y lo que empezaremos a vivir. El abandono, y lo diré como si fuera correcto, es el cursillo para resolver problemas, o para resolver un solo problema. Yo y mi ex, o simplemente yo. Se terminan los ataques de ansiedad sobre la humanidad, cesan las horribles noches, y quedan secuelas del llanto premeditado, una que otra lágrima, pero nada tan espantoso como antes. Abandonar es librarse de… Ser abandonado es cargar sin… El abandonado está preparado para todo, para cualquier noticia, y por más hijueputa que parezca no afectará en nada la situación a la cual me refiero. El abandonado no se podrá sentir menos triste, ni más contento, simplemente permanecerá dispuesto para seguir ese rumbo de encontrarse de nuevo consigo mismo, cómo cuando se es un niño y las peleas con los otros niños nos empujaban a pasar tardes en casa, encerrados en los libros, acompañando a mamá, y demás cosas sin otros niños. El abandono, es estar así, sin nada. En completo silencio, en medio de la pantalla sin saber que escribir. Sin saber que hacer para no querer hacerlo. Sin embargo, existe esa suave vocecita que susurra que todo acabará, que ya está bien de sentirse como mierda de perro, o peor, como mierda de loco en la suela del zapato. El abandonado también abandona las cosas que antes lo hacían sentirse bien, sea lo que sea. Es natural, uno no tiene cabeza para semejante menesteres, no tiene cabeza sino para pensar en el otro, hasta se quita la gana de comer, y de dormir. Les digo, que se abandona todo incluso uno mismo, y cuando eso sucede es un doble abandono.
Al conseguir la calma, las cosas retornan a su lugar de origen, y los pensamientos parecen serenarse en las mañanas; ya no tratan se salir corriendo con todo y cuerpo, permanecen inquietos pero alertas, es como el moretón después del golpe, se ve pero ya no duele tanto, y sabemos que se quita. En esta etapa abundan los tratamientos para inculcarse una buena autoestima, una excelente actitud positiva. “Nada de lágrimas yo puedo contra el mundo”. “Ya sé q no volverá”, se convierten en el pan diario de los abandonados, y es sin lugar a dudas la lágrima que debe correr, o que puede derramarse. Pensar semejantes güevonadas es fácil, pero trate de ponerlo en practica, y se dará cuenta que por más que duela todo tiende a sanarse y de cualquier forma, algunos terminan matándose, pero es una solución final. El pensamiento siempre estará divido en esta etapa del duelo, un poco allá y mucho acá. Con el tiempo la situación se compone; ya es mitad y mitad, finalmente queda muy poco de acá, de ese vacío en el pecho que aprieta y que hace aguar los ojos, bajar la mirada, y saber que todo está resuelto. Caminar, pensar, fumar, tomar agua, mirar la hora, escuchar el silencio del cuarto, sólo la cpu levemente, una cama destendida “porque estaba muy triste para tenderla”, muy triste para cualquier cosa que tenga que ver con estar despierto. ¿Se puede catalogar esto como depresión? Seguramente que sí. La pregunta ofende. Todo es gris, de verdad, todo se torna de un matiz más rayado que un putas, todo es bore, menos la música. ¿Se podrá catalogar esto como obsesión? Seguramente que sí. La pregunta ofende. La tranquilidad muta a una sensación de pesadez, ya no se está como loco, ahora se parece más a un enfermo terminal. Pero ya sabíamos “que le iba a caer mierda a la sopa”, “que se putió la policía”. O sea que no es excusa, para dejarnos llevar por “nadie me lo dijo”, ¿era en serio? Pues sí. Era muy en serio. Tal vez pueda confundir la pesadez de la depresión con la tranquilidad, y a tranquilidad me refiero a los actos físicos e intelectuales que se pueden cometer bajo la influencia de la rabia y la locura juntas, borrachas, emputadas, súper ofendidas. Mejor dicho, se armó la gorra. ¡Se armó la hijueputa!
No soy psicólogo, ni más faltaba, que tal tomarme semejante atrevimiento, por eso mismo no esperen un consejo para que las cosas salgan bien, o acaben de una feliz manera, las cosas tienen que acabar como se vive, como vive cada quién. Si el que abandona le importa un culo cuánto se jode el otro, pues bien, nadie tiene que estar mamándose lo que la contraparte quiera, como una especie de indemnización por el tiempo que estuvieron juntos. Y si el abandonado se comporta como loco, pues bien, ahí tiene por hijueputa, por decirle sin decirle, “ya no tenemos nada usted y yo, y puedo hacer lo que se me dé la puta gana” o con otras palabras “ya me acosté con otro/a, y me gusta, estoy enamorado/a”. Las palabras de aliento sólo tienen mal aliento, nadie puede dar un consejo, y quien sabe, pero que tal contarle las penas al abuelo del barrio, un anciano que no sabe si se va a levantar o si se va a acostar. No propongo nada nuevo, existen miles de casos documentados acerca de este tema. Sólo me siento a escribir lo que vivo en esta experiencia que me lleva y me trae del infierno, y como afirmó Emil Michelle Cioran “mi vida es un infierno, pero un infierno a mí manera”. Por mucho tiempo me esforcé en repudiar estas situaciones tan ominosas, y declararme antidolor, pude constatar, después, que me convertí en mi propio Némesis, en lo que más detestaba, y con esto tocaba el fondo o por lo menos estaba demasiado cerca. Ahí tengo por bocón. Ahí tengo por güevon.