Voz



lunes, 29 de noviembre de 2010

La Verdad

27 de Marzo de 2007.
Nunca lo había interpretado tan bien. Se sentó y sucumbió ante la palidez de ese rostro que sólo reflejaba la tristeza de una noticia reciente. Que lástima que la sorpresa no fuera tan sorpresa, ya que nadie más pensaba en otra cosa, ya que nadie más al observar ese cielo podía hacerlo. Esa pequeña impresión, esa que está presente en el iris de los ojos se lo dijo todo, sin embargo, se sintió como si no supiera ni mierda, como si fuera nuevo en el show, como si fuera ajeno a lo que es propio.  No se hizo el loco, ni mucho menos el que no espera; él, que no espera, que no vive de afán, pero va en el carril rápido de la autopista, no se queda por nadie. Simplemente implantó ese silencio que es tan propicio para no decir nada cuando no se debe decir nada. Los mohines no se presentaron, y sus manos tampoco dijeron algo, conservaron  su cómoda postura; sobre las piernas cruzadas del hombre que calzaba zapatos mocasines con las medias correctas, llevaba puesto un buzo de color azul oscuro, con cuello en ve, con los puños de un tamaño especial, igual que el largo de las mangas para dejar ver la camisa blanca con botones blancos que tanto le gusta, que tanto se pone. Aquel hombre se alejó del lugar sin permitirse una sola duda ante la reacción del hombre que no musitó para nada y sabía lo que sucedía, tal vez mejor que nadie. Cuando se fue el portador de la noticia ya esperada, sucumbió ante el descanso mil veces suplicado, mil veces doloroso, y no tuvo ganas de llorar, pero tampoco de caminar, o de ponerse a pensar, acaso se trata del tiempo de tomar decisiones- no lo sabe-.

Caminó lento y seguro hacia el grupo que lo esperaba con paciencia ubicado en la entrada del cementerio, dio un vistazo y no vio señal de la futura tumba, trató de sonreír y ofreció humildemente sus manos a todos los que se acercaron humildemente hacia él. El sombrero permanecía sobre la silla de la iglesia, resguardado en un rincón donde no daba la luz, en ese momento se volteó como si pudiera ver la iglesia, la silla y el sombrero,  sabía que no podía regresar ya, incluso, con la idea que alguien lo ha recogido y se lo entregará durante o después del entierro, que vaina. Saludó a los amigos, a los primos más cercanos, a las primas, a las tías, se encontró con algunos tíos viejos, y a los mismos desconocidos de todos los entierros. Avanzó unos pocos pasos en el caminito interior del cementerio para encontrarse con los rostros taciturnos de los asistentes que pacientes permanecían de pie contemplando las tumbas vacías o con nombres conocidos. Vio sus zapatos viejos llenos de vergüenza, y ahora más llenos que nunca, así, fácil, así nada más la pena se apoderó de la seguridad del hombre que llegaba, y porque no, tal vez a pronunciar un pequeño discurso, pero la mirada se le quedó clavada en el piso; en el barro, y en la tierra que dejaban ver sus medias correctas a un lado del destrozado zapato, del roto imprudente. La garganta se aclaró  con un fuerte estertor, y continúo con el itinerario planeado, se abrió campo con las manos dando tropezones en rumbo fijo, calculando cada palabra, sintiendo que debía hablar; como lo pronunciaba en la cabeza, como lo gritaba en visiones, la verdad, sí la verdad, eso iba a cantar, eso mismo les iba a escupir, los iba a impregnar con palabras… Se escuchó la voz y no era la misma de sus sueños, de las visiones, pero ¿quién hablaba? Él no estaba al frente de la tumba para comenzar con el pequeño discurso, pero ¿quién habla? Se detiene en seco, levanta los ojos, escrutando el sonido de esa voz, tratando de suponer el rostro y el cuerpo de la misma. Imaginando que está mejor preparada, que respira muy bien, que las pausas son a tiempo… en fin, cualquier suposición daría por resultado una ausencia total de esa voz, el fin de las visiones… ya no empujó más, se devolvió rápido por su sombrero, sin embargo, bebió tres cervezas antes de llegar a la iglesia cerrada. El frío que arrojó sobre él una ráfaga de viento le trajo a la cabeza la imagen de su sombrero, ahora estaba triste.

No hay comentarios:

Publicar un comentario